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MI GRAN DESAFÍO


Un diagnóstico doloroso

“Tiene una enfermedad sin cura, tendrá que hacerse a la idea de que esto la acompañará el resto de su vida”. Las palabras del médico eran opacadas por mis pensamientos, los cuales resonaban mucho más fuerte que su voz. Mil preguntas que hacer ¿Cuál es el origen de esta enfermedad? ¿Por qué se me manifiesta? ¿Qué pronóstico tengo? ¿Por qué me sucede a mí?

El médico con frialdad me dice que en ese momento no contestará ninguna de mis dudas, que será más conveniente que asimile primero la noticia y que haga una nueva cita para que me explique todo lo relacionado con la enfermedad.

Salgo temblorosa y con miedo: tengo Esclerosis Múltiple. Las lágrimas corren por mis mejillas… tengo sólo dos caminos: el llenarme de preocupación, enojo y tristeza o el de ponerme en las manos de Dios para que me dé fuerzas. Opto por lo segundo y voy a la iglesia. Le pido a Dios me ayude a cargar con mis miedos y tristeza: “No puedo con esta carga, ayúdame”. Silencio y más silencio… lágrimas en mi rostro. De pronto fijo mi atención en la imagen de María, una mujer valiente que siempre dijo «sí» a la voluntad de Dios.

¿Aceptar o estar en resistencia? Aunque quisiera que no fuera realidad, el hecho de negarlo no va a hacer que la enfermedad desaparezca. Acepto la voluntad de Dios y decido imitar a la Santísima Virgen María a quien le pido su intercesión. Me quedo en silencio y de pronto escucho el tic tac del reloj que me recuerda que la vida sigue. Confío en que Dios me ayudará a salir de esta tormenta.

¿Para qué se me presenta esto en mi vida? ¿Qué tengo que aprender de esta enfermedad? Son preguntas que decido hacerme al enterarme de la noticia. No voy a situarme en el papel de víctima y preguntarme ¿Por qué me pasa esto a mí? o bien utilizar mi enfermedad como un arma para chantajear y manipular a los demás. Hoy elijo estar bien. Quien elige estar en armonía y paz en medio de una enfermedad, elige el camino de la confianza y del amor.

Mi pensamiento ahora está totalmente centrado en la curación o al menos hacer lo posible para que no avance tan rápido. Contrario a lo que muchos harían decido no leer ni buscar información en Internet. Pienso que no tiene sentido el desgastarme mentalmente con preocupaciones. Tomaré las medicinas que me indicaron y seguiré el tratamiento al pie de la letra. Optaré por confiar en mi médico; el pronóstico no está en sus manos, sino en las de Dios.

Mi vida espiritual se profundiza

Una vez que pasé la primera prueba, la de aceptar mi enfermedad y optar por el camino de la confianza y el amor, sigue la más la más difícil, la de combatir todos los pensamientos negativos. Entiendo que la mejor manera es transformarlos por mensajes positivos Mi vida espiritual se profundiza a cada día pues encuentro paz en la oración, pues sé que ésta es poderosa y que para Dios no hay imposibles.

Yo pido a Dios que me sane, ¿por qué no podría hacer que la enfermedad se detuviera? ¿cuántas veces hemos escuchado de remisiones milagrosas de enfermedades? Empiezo hoy un camino de sanación a través de la oración y la meditación”…

Este es el relato de una amiga que se acercó a mí para compartirme su experiencia, quedé muy impresionada por la manera en que enfrentó su enfermedad y he aprendido mucho de la manera en que está lidiando cada día con lo que ella llama: “Mi gran desafío”. Le pedí que me dijera cinco consejos que le daría a cualquier persona que acaba de recibir el diagnóstico médico de una enfermedad crónica, se los comparto pues sé que en definitiva se pueden aplicar a cualquier situación semejante.

Cinco pasos que seguir a la hora de recibir un mal diagnóstico

  1. Acepta el diagnóstico del médico, pero no el pronóstico de tu enfermedad, ese está sólo en manos de Dios.

  2. Elije tomarlo como un desafío más que como una tragedia.

  3. Opta por tomar un papel activo en tu curación más que el papel de víctima.

  4. Transforma en mensajes positivos todos tus miedos e ideas negativas.

  5. Profundiza en tu vida espiritual: ora y medita pidiendo con confianza a Dios por tu curación.

A raíz de esta experiencia empecé a investigar mucho sobre la sanación y justamente encontré algo que hace sentido al hecho de que mi amiga no haya tenido hasta la fecha mayor manifestación de la enfermedad degenerativa que le fue diagnosticada.

¿Algún elemento en común con lo que mi amiga hizo? Por supuesto que hay muchas coincidencias que nos sirven para ver que hay acciones concretas que podemos hacer para enfrentar de manera constructiva una situación tan difícil y retadora como es una

enfermedad.

Concluyo diciendo que no sólo el enfermo debe comprometerse en su sanación sino que también nosotros podemos hacer algo para ayudarle en el proceso, además de, por supuesto, el apoyo y cercanía que le podamos ofrecer, podemos orar.

El orar por un enfermo es y será siempre la herramienta más poderosa que tenemos los creyentes para poder colaborar en su sanación. “Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mt 7, 7-8).

Pidamos con insistencia y fe por las y los enfermos que cada día están enfrentando el gran desafío de una enfermedad.


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