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La ansiedad de la adaptación


La ansiedad de la adaptación

Cristina Robles Quevedo

“Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” Mt 7: 7-8

Puedo entender que, a estas alturas del año, podamos estar fastidiados al escuchar sobre la pandemia o incluso puede ser un tema que ya no es de nuestro interés o al que creemos ya habernos “acostumbrado”. Sin embargo, es una realidad que aún nos afecta y si no somos conscientes de esto, puede resultar en un constante malestar emocional que llegará a complicar varias áreas de nuestra vida: la convivencia familiar, relación de pareja, rendimiento escolar o laboral, nuestra salud y tranquilidad, etc.

La pandemia ha sido una situación que ha puesto a prueba nuestra capacidad para adaptarnos, no sólo porque muchos hemos perdido trabajo, salud, seres queridos, tiempo con nuestros amigos, oportunidades, etc. sino también, porque aún estamos aprendiendo a vivir con un virus que llegó a nuestras vidas para quedarse y que nos ha hecho experimentar cambios constantemente. Ante esta realidad, he observado que hay una emoción que va y viene, pero que ha prevalecido a lo largo de todo este tiempo y esta emoción es la ansiedad. Ésta es una palabra muy común, que nombramos constantemente, pero ¿realmente sabemos qué es? Jones Wenger decía “casi todo el mundo piensa que sabe qué es una emoción hasta que intenta definirla; en ese momento prácticamente nadie afirma poder entenderla”.[1] Aquí intentaremos hacerlo para poder concretar qué podemos o necesitamos hacer ante ella.

Ya hemos hablado que la ansiedad es una emoción y por lo tanto, es una reacción o respuesta psiconeurofisiológica de nuestro organismo ante estímulos internos (pensamientos) y externos (situaciones o conductas de los otros).

En concreto, la ansiedad nos hace experimentar inquietud, intensa excitación o una gran inseguridad e incertidumbre, mismas que sentimos en nuestro cuerpo: palpitaciones, sudoraciones, problemas estomacales (dolor de estómago, náuseas, diarrea o estreñimiento), sensaciones en la garganta (problemas para tragar o sensación de que nos falta aire y nos cuesta respirar), opresión en el pecho, sensación de tener la boca seca, entre otras.

Todo esto puede ir acompañado de otras sensaciones como el tener ganas de llorar sin motivo, el estar más sensibles o molestos con todo y por todo, o un nerviosismo contante que nos lleva a perder el sueño, el apetito, la motivación e incluso que nos hace sentir agotados la mayor parte del tiempo.

Ahora bien, es importante preguntarnos “¿ansiedad ante qué?” Así como cualquier emoción, ésta tiene una función adaptativa y por lo tanto, lo que pretende es motivarnos o movernos a actuar para adecuarnos a lo que se nos va presentando a lo largo de nuestra vida.

La ansiedad pertenece a la familia del miedo, de ahí que predisponga al cuerpo para dar una respuesta específica. En este caso, puede “congelarnos” por un instante para poder determinar si lo adecuado es huir y esconderse o luchar; y nos pone en alerta para prepararnos a reaccionar ante lo que se percibe como una amenaza cercana. Si estamos en este estado de manera continua, será normal experimentar las sensaciones que hemos descrito antes.

Volviendo al tema de la pandemia, podemos estar de acuerdo que ésta constituye una amenaza, por lo que ya hemos dicho al inicio de esta reflexión. Pero también lo es por una exigencia a la que nos expone: cambiar para adaptarnos.

¿Y por qué tendría que representar una amenaza? Una amenaza es algo o alguien que puede convertirse en una posible causa de riesgo o daño para nosotros o para algo que es nuestro. Por lo tanto, un cambio puede representar un riesgo o un daño. ¿A qué? A lo que ya conocemos, a nuestra manera de hacer las cosas, a nuestra zona segura en la que podemos tener el control.

Consideremos como ejemplo el trabajo o las clases a distancia. ¿A qué cambios nos está sometiendo esta situación? ¿Qué exigencias de adaptación nos pide? Quién no ha sufrido o experimentado miedo por aspectos tan sencillos como: tener o no tener internet, que nos falle el equipo (sonido, cámara, material), que nuestro hijo no entienda la clase en línea o saber qué hacer si llora porque no le escuchan. Si somos profesores, nos preocupa que los padres de familia interrumpan nuestras clases o que nos quieran escribir o llamar constantemente para externarnos sus inquietudes o molestias. O tal vez estamos alertas por los cambios que nos pide el jefe o ante las juntas de trabajo en línea que tenemos que compaginar con nuestros hijos y con las labores de la casa. Sin mencionar la ansiedad que nos llega a generar la expectativa de regresar a trabajar de manera presencial o que la posibilidad de que nuestros hijos regresen a clases, etc.

Este ejemplo ilustra que no es el trabajo a distancia o las clases en casa los que nos generan ansiedad. Lo que nos produce este malestar es el hecho de tener que enfrentarnos a algo nuevo, cuando ya nos hemos acoplado a la situación. Y esto es adaptación. Y es parte de la vida el aceptar y aprender a vivir los cambios contantes por los que tendremos que pasar durante nuestra existencia.

La manera de aprender a afrontar los cambios la leí en una frase de internet:

Doctor, ¿qué más puedo tomar para bajar mi ansiedad?” y el doctor responde “Toma decisiones”.

Por lo tanto, cuando nos topemos con un cambio en nuestra vida, la manera de bajar la ansiedad no es verlo como algo molesto o difícil, sino como algo que nos pide buscar una solución y tomar una decisión.

REFLEXIONA:

· ¿Hay algo que te esté generando ansiedad y que no estés afrontando? ¿sí? ¿no?

· ¿Qué puedes hacer ante esto?

· ¿Crees que puedes enseñar a tus hijos a hacer frente a los cambios de la vida? ¿sí? ¿no? ¿cómo?

Wenger, Jones y Jones, 1962, pág. 3.

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