NUESTRA VIDA, UNA OFRENDA
“La muerte es un encuentro:
es Él quien viene a encontrarnos,
quien viene a tomarnos de la mano
y llevarnos con él”.
(Papa Francisco)
Inicia el mes con la celebración por el Día de Muertos, para los mexicanos el día primero de noviembre y el día 2, son fechas esperadas con alegría, con esperanza; porque significan la oportunidad de recordar a los seres queridos que se han marchado y que se encuentran ya ante la presencia de ese Dios misericordioso, que viene por ellos para llevarlos al gozo de la vida eterna.
Quienes han estudiado las costumbres y tradiciones de los pueblos indígenas reconocen la devoción y el esmero, plasmados en las diferentes formas de colocar en un altar varios objetos, con lo que hacen presente su gratitud a sus muertos; renovando cada año la creencia, de que han de regresar para disfrutar de la ofrenda.
Así, de esa manera, cada Ofrenda va a variar de acuerdo al grupo social al que pertenezca quien sigue la tradición, para las personas nacidas en las grandes ciudades esos días, los Santos primero y los Difuntos después, se conmemoran asistiendo a la Iglesia, dedicando una Misa por su descanso eterno; algunos ponen en su casa una veladora y flores, para recordar a sus seres queridos.
Esta ofrenda se va haciendo mayor, de acuerdo al lugar de donde procedan los creyentes; ya no sólo las veladoras y las flores, se agregan, la cruz, las fotografías, la sal, los guisos, los dulces, la ceniza, en fin; todo aquello que forma parte de su ofrenda a sus muertos. Los panteones en estas fechas se ven concurridos; las tumbas se limpian y se adornan con flores; las iglesias celebran misas por los santos y los difuntos. Para los extranjeros, estas tradiciones se convierten en espectáculo que despierta admiración por el respeto y fervor de quienes participan.
Más allá de la costumbre y la tradición, estos días se convierten en oportunidades para meditar sobre la muerte, sobre el tiempo en el que estamos vivos; principalmente, sobre la forma en la que vivimos el día con día. La reflexión se extiende al examen al que sometemos nuestra manera de existir como católicos comprometidos y a los resultados de esta consulta, nacida desde el fondo del corazón.
Estos tiempos, donde la muerte de nuestros familiares y amigos, nos obligaría a recapacitar, a concebir de manera distinta el fin último de la existencia; haciéndonos considerar el cómo nos estamos preparando para ese encuentro feliz con nuestro Padre; si aquí en el mundo terreno le ofrecemos a nuestros difuntos una ofrenda, por lo que su existencia representó en nosotros; de qué forma nos preparamos para que nuestra muerte se convierta en una ofrenda a Dios.
Somos afortunados, muy afortunados, tenemos en la Biblia, la palabra de Dios, el remedio y el trapito, como dijéramos coloquialmente; atendiendo cada uno de sus preceptos, no sólo viviríamos más tranquilos, contribuyendo con nuestras acciones a la construcción de un mundo más humano y solidario; sino que estaríamos en la posibilidad de convertir nuestra existencia en una permanente ofrenda a Nuestro Señor.
De esa manera, todo, absolutamente todo lo vivido, cobraría un mayor sentido; el dolor, la enfermedad, la soledad, el abandono, la misma muerte; se cambiarían por oportunidades para medir, que tan firmes están en nosotros la fe y la confianza en que todo corresponde a un Plan Divino, que no comprendemos, al que no nos resignamos, que en ocasiones nos produce un enorme desasosiego, hasta llegar a desesperarnos y reclamar como injusto, pero que fue concebido con un propósito.
Ese propósito, sin duda alguna, es prepararnos para la vida eterna, para no llegar con las manos vacías. Cada esfuerzo, cada renuncia, cada sacrificio, cada aceptación, será recompensada con ese abrazo amoroso con el que Dios nos recibirá en su seno.
Seguramente, la esperanza en que así sea, nos traerá una enorme paz, con ella podremos enfrentar con ánimo y confianza lo que Él nos tenga señalado, no sólo lo que nos cause dolor y tristeza, sino aquello que también nos fue dado, disfrutar en plenitud lo bueno, lo que nos haga felices, lo que nos enseñe a compartir, y sobre todo, a practicar todas las versiones de amor y caridad; para con Dios, con la familia, con el prójimo y con nosotros mismos.
Este noviembre será una ocasión para imitar a los santos, el día primero; para recordar a nuestros difuntos el día 2; también para iniciar desde hoy, un cambio en nuestra actitud para con los otros y con nosotros mismos; dirigiendo nuestras acciones concretas al bien común, a la solidaridad, a la empatía y hacer vida el compromiso que adquirimos como laicos desde el bautismo.
Aprovechemos la ocasión, propongámonos convertir nuestro diario vivir en la ofrenda más significativa para nuestro Santísimo Padre, acatando su voluntad, viviendo con fe cada uno de los momentos de nuestra existencia, para que el día en que Dios tenga señalado nuestro encuentro, nos tome de la mano y nos conduzca a la vida eterna.
Para reflexionar
● ¿Tu fe y confianza en Dios te ayudan a entender la muerte de tus seres queridos?
● ¿Tus acciones diarias son una ofrenda para Dios?





















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