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EN JUNIO HONREMOS AL “ABBA”

Una tradición de múltiples países es dedicar un día al año -igual que a las madres-a los padres de familia; precisamente el tercer domingo de junio. Es el “Día del Padre”. Otros países tienen diversas fechas.

Por variadas razones, no tiene ni la importancia ni el entusiasmo que el “Día de la Madre”. En México, en particular, este último es tan importante que los hijos viajan grandes distancias para estar con su mamá y también con las abuelas; los restaurantes se llenan al tope y las tiendas venden algunos productos más que en el resto del año, como son los de la “línea blanca”. Después de la Navidad, no hay día que reúna más a la familia o en que haya mayores ventas.

No sucede así con el Día del Padre, no hay tales ventas, ni restaurantes llenos, ni viajes largos. Una llamada telefónica o un mensaje de correo electrónico o, sobre todo, vía las redes sociales, como Facebook y WhatsApp, con el “¡muchas felicidades, papá!” parece ser suficiente.

Una explicación de las diferencias me parece ser la comparación entre los roles verdaderos que cumplen las madres y los padres. Salvo rarísimas excepciones, las mujeres con hijos concuerdan en su vida diaria con la imagen idealizada de las madres, pues hacen todo lo que pueden por sus hijos: los cuidan, alimentan, aconsejan, educan en valores y hasta suplen al padre ausente.

Pero a los varones con hijos no se les conceden semejantes virtudes, así que muchas veces, respecto al reconocimiento de sus roles verdaderos de vida familiar, se les menosprecia… y hasta se les desprecia.

¿Por qué esto? Por varias razones. Vayamos por partes. Como sostén tradicional de la familia (aunque cada vez más madres trabajen fuera de casa), el padre pasa mucho tiempo fuera del hogar, desde el momento de iniciar el viaje al centro de trabajo hasta su retorno. Aun los que se ocupan en talleres, tiendas u oficinas junto al hogar, se encierran mucho tiempo en dichos lugares. Sumémosles a los migrantes que trabajan alejados del hogar.

El menor contacto en las horas libres comunes de padres e hijos, los hace menos influyentes en su formación y educación. A ello se suma una de las erróneas tradiciones familiares, de que eso es cosa de las madres. Recuerdo una frase de película de una mujer recién casada: “tú trae el sustento y yo criaré a los hijos”.

Otro problema, que explica mucho del poco aprecio y reconocimiento a la figura paterna, es el gran número de hombres casados que rehúyen en lo posible la convivencia familiar, con muchas “explicaciones”. Estas van desde la auto justificación de que, tras la fatiga del trabajo, se vale la convivencia con los amigos, alcoholizarse, la práctica de los deportes, hasta otras excusas diversas. Poca convivencia, por tanto, poco reconocimiento filial, al que a veces contribuyen los rencores manifestados por la esposa y madre.

Otro punto en detrimento de los padres es también la desordenada formación familiar de los hijos varones. A la familia se le enseña que dar afecto es cosa de mujeres, que llorar es también cosa de mujeres. En general, lo afectivo, sobre todo las demostraciones de contacto, de abrazos, de sentarse recargados uno al otro, de dar besos… son cosas de mamá, de mujeres. Es parte de la deformada educación machista.

Al sentir los hijos muestras mayores de afecto de todo tipo de parte de mamá que de papá, los hace pensar que ella los quiere más que su padre; error, pero un error explicable e indebido, consecuencia de culturas equivocadas.

Lo más grave es el número de hombres que se desentienden total o parcialmente de sus obligaciones (y hasta de sus derechos) de padres de familia. Muchas madres, casadas o solteras, son jefes de familia por abandono del padre irresponsable. Es tan grave este problema social que demerita mucho la imagen familiar del varón.

La consecuencia de todo lo anterior, sobre todo del asunto del abandono, es una emocionalmente explicable, pero injustificada deformación general de la figura masculina: la madre “es todo” y el padre… quien sabe. Pagan justos por pecadores; se menosprecia la figura del padre, y con ello se disminuye el valor humano y divino de los hombres que cumplen lo mejor que pueden su rol familiar.

Sí, hay muchos varones que son buenos y hasta excelentes padres de familia, a ellos hago referencia cuando utilizo la palabra “Abba”, esa con la que Jesús crucificado se dirige a Dios Padre, SU padre. “Abba” es más que “padre”, el equivalente a la palabra “papá”. La palabra padre parece muy solemne y papá es muestra de cercanía, de cariño, derivándose en papito, papi.

Los buenos padres son Abbas. Es crítico el reconocerlo y propagarlo, en sociedades donde la figura de padres flojos, viciosos, infieles, desatentos de los hijos y hasta irresponsables por abandono total o parcial, parece tener demasiada importancia. Esto hace olvidar y desatender a “los buenos”.

El Día del Padre debe ser ocasión para reconocer a los papás dedicados, que son muchos más de los que la sociedad ha llegado a creer, por deformación de imágenes de dicha figura humana.

Cuando festejamos, aplaudimos y reconocemos a los buenos papás, estamos haciendo un proceso educativo de la sociedad, ensalzando un ejemplo a seguir por los padres jóvenes y los hombres solteros. Este proceso ayudará a que estos hombres se identifiquen con ese prototipo de padre de familia, ese del que los hijos puedan decir “cuando crezca voy a ser como mi papá” y las hijas digan “cuando me case quiero un marido como mi papito querido”.

Festejemos excepcionalmente y con el mayor afecto, cercanía y reconocimiento de palabra (¡que no se quede dentro del corazón!) al Abba nuestro de cada día, en la fecha convencional dedicada a él (y en cada ocasión que se presente). Ah, y una oración por los padres difuntos es buena idea.

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