CUIDEMOS A LAS CUIDADORAS
- hace 2 días
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Es una realidad que en algún momento de nuestras vidas todos necesitaremos cuidados, ya sea por un corto plazo (un accidente, una cirugía, una enfermedad aguda) o por largo plazo (demencia, enfermedad crónica o terminal). Pero el trabajo de cuidados se encuentra marcado por profundas desigualdades de género ya que recae de manera desproporcionada en las mujeres: más del 75% del trabajo de cuidados en México es realizado por mujeres y a nivel global, la Organización Internacional del Trabajo (dato de 2018) estima que el 76% del mismo es no remunerado.
De acuerdo a ONU Mujeres “el trabajo no remunerado de cuidados es una fuerza invisible, realizada mayoritariamente por mujeres y niñas, que mantiene en funcionamiento los hogares, familias y comunidades que incluye crianza de las infancias, cuidado de familiares mayores o con enfermedades o discapacidad, labores de limpieza, cocina, lavado y acarreo de agua o combustible”.
¿POR QUÉ LAS MUJERES?
Todo esto se da por las normas culturales, roles de género y estereotipos sociales que esperan que las mujeres sean responsables del bienestar familiar, así como a la desigualdad laboral (menor participación de los hombres en las tareas domésticas) y la escasez de políticas públicas de servicios de cuidado.
Durante la pandemia se incrementó el tiempo que las mujeres dedicaron a cuidados no remunerados. Recordemos las palabras que en alguna ocasión dijo el anterior presidente de México: “…la tradición en México es que las hijas son las que más cuidan a los padres [porque] nosotros los hombres somos más desprendidos…” señalando a las mujeres como responsables de las tareas de cuidado, mientras justificaba la escasa participación de los hombres[1].
Así, las mujeres asumen en mayor medida esta responsabilidad, aun cuando la mayoría de ellas ya realiza las labores domésticas y/o también desempeñan trabajos remunerados fuera del hogar, lo que se traduce en una doble/triple jornada laboral con consecuencias para ellas.
REPERCUSIONES EN LA SALUD.
En España y México, las mujeres cuidadoras presentan 20-30% más riesgo de tener un estado físico de salud peor que las mujeres que no los realizan. El deterioro de la salud mental es la repercusión más conocida, pero no es la única. Las dolencias físicas y las enfermedades crónicas también están presentes.
Ansiedad, depresión y el síndrome de burnout (agotamiento emocional y físico por sobrecarga de tareas) son recurrentes y suelen ser invisibles hasta que generan una crisis.
Muchas cuidadoras reportan haber desarrollado enfermedades crónicas que antes no padecían (diabetes, hipertensión, cardiopatías) debido al estrés constante, la falta de tiempo para acudir a controles médicos y al abandono del autocuidado.
Son frecuentes también las dolencias musculoesqueléticas como dolor lumbar, cervical y articular por el esfuerzo físico repetitivo de levantar o movilizar personas.
¿CÓMO MEJORAR LAS CONDICIONES DE LAS CUIDADORAS?
Las medidas más recomendadas son programas de autocuidado, apoyo psicológico, redes comunitarias de acompañamiento y que sus familiares y la sociedad participen. Pero sobre todo se requieren políticas públicas que redistribuyan y compensen el trabajo de cuidados.
Las cuidadoras deben esforzarse para procurarse un descanso adecuado (establecer rutinas de sueño y pausas durante la jornada), realizar ejercicio físico regular (caminatas, yoga o estiramientos para prevenir dolores musculoesqueléticos), acceder a una alimentación saludable (establecer horarios y respetarlos, priorizar una dieta saludable y evitar productos chatarra) y otorgarse un tiempo para actividades recreativas.
Se recomienda que busquen atención psicológica profesional, que acudan a grupos de apoyo comunitario y reciban capacitación en manejo del estrés. En México algunas instituciones ofrecen estos servicios gratuitamente o a bajo costo como Línea de Vida, LOCATEL y escuelas de psicología.
Los familiares pueden contribuir fomentando que otros miembros del hogar participen en las tareas de cuidado. La sociedad puede organizar agrupaciones de voluntarios para apoyo temporal y la iniciativa privada ofertar instalaciones con costos accesibles donde las cuidadoras puedan dejar a la persona dependiente por algunas horas.
Pero para que exista un impacto relevante hacen falta políticas públicas y reformas laborales. Debe visibilizarse y reconocerse el trabajo de cuidados en estadísticas oficiales y políticas sociales (como ENASIC), crearse sistemas nacionales de cuidados con servicios accesibles (como el Mapa de Cuidados de México), facilitar programas de capacitación en autocuidado y en cuidado seguro para prevenir lesiones físicas en la cuidadora y la persona dependiente y cursos de finanzas para fomentar la independencia económica. Existen cursos gratuitos de algunos de estos temas en plataformas de universidades, hospitales públicos y privados y el SAT.
También deben promoverse políticas que flexibilicen horarios laborales y que implementen apoyos económicos (como la Pensión Mujeres Cuidadoras, 2025 en la Ciudad de México), pero con cobertura universal y permanente como un derecho ciudadano y sin condicionamientos políticos ni electorales.
CONCLUSIÓN.
En algún momento de nuestras vidas todos necesitaremos ser cuidados y lo más probable es que nos cuide una mujer que no recibirá remuneración por esa labor, por lo que está en nuestro deber protegerlas. Intentemos, en la medida de nuestras posibilidades, ofrecer una compensación económica justa o en especie, otorguémosles un trato digno y respetuoso, tratemos de aligerar su carga laboral y apoyemos las iniciativas comunitarias y gubernamentales para expandir y proteger sus derechos evitando cualquier forma de coacción o clientelismo. Algunos pasos ya se han dado, pero aún quedan metas por alcanzar.
Para reflexionar:
● ¿Alguna vez has cuidado a alguna persona? ¡Cuéntanos tu experiencia!
● ¿Sabes si en tu parroquia o en tu comunidad hay programas de apoyo para mujeres cuidadoras? ¿considerarías iniciar uno?
[1] Andrés Manuel López Obrador, el 25 de junio de 2020.





















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