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CUANDO CREER DUELE

  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

No tengáis miedo

 Abrid… es más… abrid de par en par las puertas a Cristo(Juan Pablo II, homilía de inicio de pontificado, 1978)

 

Estamos en cuaresma y es importante reflexionar durante esta época en la fe, que en ocasiones se ve probada por el dolor, algo tan común en la vida humana. Creer no siempre consuela. A veces incomoda, otras hiere. Hay momentos en los que la fe, lejos de ser un refugio, parece una carga pesada que se arrastra. Creer no es fácil, implica esfuerzo, formación, un trabajo de toda la vida.

 

Muchos creyentes atravesamos, o hemos atravesado, decepciones profundas de diverso tipo. Cuando eso ocurre, la pregunta no es solo “¿por qué pasó?”, sino algo más inquietante: “¿dónde estaba Dios?”

 

Estas experiencias no son raras. Forman parte de la vida creyente adulta. El problema aparece cuando se nos enseñó una fe frágil, casi infantil, que prometía protección automática a cambio de obediencia. Esa fe es superficial, no tiene fondo ni fundamento profundo en Dios y por lo tanto no resiste el contacto con el dolor. Se quiebra. Y cuando se quiebra, muchos piensan que el único camino honesto es abandonar todo.

 

Sin embargo, hay otra posibilidad: dejar morir una forma ingenua de creer para dar paso a una fe más sustentada en la verdad. La desilusión no siempre es enemiga de la fe; a veces es una purificación. Duele, sí. Pero también desnuda. Nos obliga a dejar de confundir a Dios con las personas, con las instituciones o con nuestras expectativas.

 

“La fe cristiana no es la eliminación del sufrimiento, sino la valentía de aceptarlo en la esperanza” (Karl Rahner). Una de las decepciones más duras ocurre cuando el dolor viene “desde dentro”: líderes religiosos incoherentes, comunidades que juzgan más de lo que acompañan, silencios cómplices frente al sufrimiento. Aquí la herida es doble: humana y espiritual. No solo duele lo vivido; duele sentir que la fe fue usada para justificarlo.

 

Ante esto, hay dos reacciones inmaduras: idealizar todo negando la realidad, o rechazarlo todo con amargura. Ambas evitan el trabajo interior. La madurez espiritual comienza cuando alguien se permite decir con honestidad: “Esto me dolió” sin sentirse culpable por ello. La fe que no admite la queja termina siendo ideología. La fe bíblica, en cambio, está llena de gritos, lamentos y preguntas sin respuesta inmediata.

 

Creer no significa entenderlo todo ni justificarlo todo. Significa, muchas veces, permanecer abiertos incluso cuando la experiencia contradice lo que esperábamos. Es una fidelidad distinta: no a una imagen perfecta de Dios, sino a la verdad de lo vivido.

 

Sostener la fe en medio de la desilusión exige separar cuidadosamente tres cosas: Dios, la Iglesia y las personas concretas. Confundirlas lleva a idolatrías peligrosas. Las personas fallan. Las estructuras se corrompen. Dios no deja de ser Dios por eso. Pero esta distinción no se aprende en los libros, sino atravesando el desencanto sin huir.

 

También exige renunciar a una fe utilitaria: creer solo mientras todo funciona. La fe adulta no promete éxito ni inmunidad al dolor. Promete sentido, incluso cuando el sentido no es claro. Promete presencia, no explicaciones fáciles.

 

Aquí aparece una verdad incómoda: muchas decepciones no destruyen la fe; destruyen nuestras ilusiones religiosas. Y eso, aunque doloroso, puede ser una gracia. Porque solo cuando cae lo falso puede aparecer lo esencial.

 

La esperanza cristiana no consiste en negar el sufrimiento, sino en no absolutizarlo. No todo lo que duele tiene la última palabra. Pero para creer eso, primero hay que tomarse en serio el dolor. Saltárselo con frases piadosas es una forma de violencia espiritual.

 

LLEVAR LA FE A LA PRÁCTICA

 

Si hoy creer te duele, no te apresures a huir ni a fingir que no pasa nada. Detente. Nombra la herida. Ora sin maquillaje. Busca conversaciones honestas, no discursos. Revisa qué imagen de Dios se rompió y pregúntate si realmente era Dios o una construcción tuya.

 

En la práctica, esto implica tres gestos concretos:

1. Permítete la queja sin culpa. La fe que no se queja se asfixia.

2. Distingue entre Dios y realidades o personas que lo representan mal. No los confundas.

3. Actúa con coherencia: que tu fe se traduzca en justicia, compasión y verdad, no en negación del dolor.

 

Creer cuando duele no es debilidad. Es el comienzo de una fe más honesta, más humilde y, paradójicamente, más fuerte.

 

Para reflexionar:

● ¿De qué manera te acercas a Dios cuando la prueba se presenta?

● ¿Qué consejo le darías a quien sufre, para encontrar a Dios a través del dolor que siente?

 
 
 

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