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¿DE VERDAD DIOS SIEMPRE ESCUCHA?

(Parte I de II)


“La esperanza es un riesgo que hay que correr”


(Georges Bernanoes, literato francés)


“Oh, Diosito, por favor déjame vivir”


Existe una caricatura irreverente en la que se hace mucha crítica social a partir de conceptos científicos y un guion muy original, Fue creada en 2013. Los protagonistas son Rick un genio científico anciano, amargado y egoísta que vive diversas aventuras con su nieto, un adolescente que lo pasa bastante mal en ocasiones y vive todas las características propias de su etapa de vida. El anciano, por supuesto, es ateo. No recomiendo verla, pero he querido mencionarla porque es muy popular entre los jóvenes. Existe una escena[1] de dicha serie en la que Rick está a punto de morir y se resigna… pero de repente, descubre que tiene la opción de salvar su vida y, yendo contra reloj (pues su muerte se aproxima) reza, mientras intenta salvarse: “Oh, Diosito, por favor déjame vivir”. Al final, logra sobrevivir y, como es un personaje orgulloso, sigue siendo ateo.


Esta escena me impresionó de manera especial, y me hizo pensar en que, efectivamente, así pasa con mucha gente que se dice “atea” (o incluso con quienes creen en Dios pero nunca rezan) ante una situación de muerte, como un asalto, un accidente o un terremoto, de pronto recuperan la fe y rezan, se aferran a la posibilidad de que hay un Dios por ahí es

cuchándolos.


Sin embargo, tal vez, el problema no sea el de quienes, sin haber rezado nunca, de repente rezan ante una situación apremiante, sino al contrario, el de quienes rezamos mucho, pero no parece que Dios nos escuche.


A veces, parece que Dios no está por ahí



Hay situaciones que nos orillan a pedir con intensidad.


No me refiero a situaciones como “sacar la lotería” o “que se me conceda realizar un viaje muy anhelado”, sino a momentos de verdadera dificultad, en que nos envuelven el miedo y la angustia (la enfermedad grave de un ser querido que se debate entre la vida y la muerte en un hospital; un accidente tenido en la carretera; cuando nos quedamos sin dinero en la quincena y tenemos deudas o se nos vacía el refrigerador; la desaparición de un familiar…).


Y sucede también que, pedimos intensamente para que Dios nos conceda (a nosotros o a nuestro ser querido) la resolución pronta del problema y… sin embargo, el problema continúa, no se resuelve nada o incluso ¡empeora!


Cuando esto sucede nos sentimos muy mal. Sentimos que no hemos rezado con la fe suficiente; o sentimos que Dios está enojado con nosotros; incluso podemos pensar que la Voluntad de Dios es que suframos y nos vaya muy mal en la vida. Por supuesto que estas situaciones nos desconciertan, y esto porque siempre nos han dicho que Dios es bueno y la pregunta natural es “¿Por qué, si es cierto que Dios es bueno, todopoderoso y me ama, no me concede aquello que le pido en la oración?”


Un debate secular


Este problema se ha denominado “el problema del mal” y ha ocupado la discusión de los filósofos y los teólogos durante siglos enteros. Se ha debatido mucho al respecto y se han escrito innumerables libros que tratan de ofrecer soluciones al problema.


En este espacio no podemos entrar de lleno a dicha discusión, pero podemos esbozar algunas ideas que nos den paz en el alma y nos ayuden a comprender por qué sucede esto.


Algunas verdades absolutas


Digamos, ante todo, que es verdad que Dios nos ama infinitamente y no desea ningún mal. Esa es una verdad absoluta y se encuentra en el concepto mismo de “Dios”.


En segundo lugar, que las situaciones malas y los problemas que sufrimos, son ocasionados por factores muy ordinarios como: la voluntad humana (decisiones mías o de las otras personas) y circunstancias naturales fuera de nuestro control (un temblor, una inundación, un accidente, una enfermedad). No las quiso Dios, pero como Él creó la realidad con una serie de leyes implícitas en la naturaleza, por eso algunas veces ocurren esas situaciones.


En tercer lugar, que sepas con certeza total lo siguiente: Cuando haces oración pidiendo por una intención particular, y ves (o sientes) que no se te concede lo que pediste, no es que la oración “se pierde” y no tiene ningún tipo de interés para Dios, no, eso no sucede. Toda oración, cualquier tipo de oración, siempre y cuando sea honesta y salga del corazón con fe, siempre va a ser escuchada por Dios y en algún sentido, Dios bendecirá aquella intención por la que yo pida, aunque no siempre sea en el modo en que yo quisiera o como a mí me gustaría.


Dios no es como una máquina de refrescos a la que, si le das la moneda requerida y aprietas el número debido, te dará siempre el tipo de bebida que tú desees. Sus caminos no son iguales a los nuestros (Is 55,8). Los maestros de la vida espiritual dicen que Dios siempre nos concede aquello que necesitamos, aunque no siempre en la manera que nosotros quisiéramos. (Continuará

[1] Temporada 2, Capítulo 1 “Rupturas en el Tiempo” (2015).

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