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NOS VOLVEMOS A ENCONTRAR


“El hombre feliz, no es el hombre que ríe,

sino aquel cuya alma, llena de alegría y confianza,

se sobrepone y es superior a los acontecimientos”.


Séneca


Ya estamos en mayo, el mes de María, Nuestra Madre. Rápido ha trascurrido el tiempo; ya estamos casi a la mitad de este 2022, que llega lleno de esperanza y con el firme propósito de acercarnos, cada vez más, a lo que fuera nuestra existencia hace más de dos años.


Sí, las imágenes de las ciudades y de las poblaciones hablan por sí solas; lo que anteriormente aparecía desierto, se ha comenzado a poblar; el ritmo se ha recuperado y con él las actividades del día con día. Las escuelas, las iglesias, las oficinas, que permanecieron al principio cerradas, hoy abren sus puertas. El rostro de los maestros, alumnos y trabajadores de todos los niveles tiene una expresión de complacencia; pareciera que volver a la rutina es un deseo que se ha logrado.


El quinto mes; treinta y un días no son suficientes para cubrir todo lo planificado en los centros escolares. Los festejos tradicionales se preparan con entusiasmo; la probabilidad de que pueda reunirse la comunidad educativa aumenta y los preparativos ponen énfasis en las precauciones que todavía se mantienen vigentes y que han contribuido a mejorar las condiciones de salud de los pobladores.


Nuevamente se realizan los actos cívicos, ocasiones en que se reúnen los grupos para celebrar un acontecimiento importante. Es interesante constatar como se ha modificado la actitud de estudiantes y maestros; las indicaciones, centradas en la disciplina, para que el evento se lleve a cabo de la mejor forma, son acatadas con una actitud distinta; tal parece que este tiempo de encierro obligado nos ha hecho revalorar las actividades colectivas.


Se acercan los festejos del Día de las Madres y del Día del Maestro; no es coincidencia que en estas figuras se concentre la enorme responsabilidad de acompañar a los niños y jóvenes en un período de adaptación difícil, sobre todo cuando se han padecido los estragos de la enfermedad, de la crisis económica y psicológica que todos experimentamos con la pandemia.


Me detengo a pensar en lo que hemos aprendido juntos, en lo que se ha modificado de manera profunda en nuestra conducta. Tiene razón el Papa Francisco al señalar: “Los maestros son los primeros que deben permanecer abiertos a la realidad”; realidad que exige un gran esfuerzo, una mayor entrega, porque en ellos está puesta la esperanza para recuperar un ambiente propicio en donde se consolide el proceso de enseñanza aprendizaje por el que los alumnos tienen que transitar.


Festejaremos el día diez a las madres, reconociendo en su labor el amor profundo por sus hijos que las obligó a realizar las tareas de siempre, sumadas a otras más, para casi todas ellas desconocidas, como enseñar y convertirse en maestras, en enfermeras, en jefes de familia, en el sostén de la casa ante la enfermedad o la muerte del responsable; todo esto sin tener las herramientas ni la preparación necesaria. Sin embargo, consiguieron salir adelante.


Felicitaremos también a los maestros que tuvieron que adaptarse a una nueva manera de dar clases; algunos en el mismo sitio donde trascurría la vida de familia, otros sin contar con los recursos tecnológicos ni con la preparación para su uso eficaz; en las mismas condiciones que las madres, llevando a cabo múltiples funciones: como padres, esposos, hijos y maestros.


Ambos merecen nuestro reconocimiento y admiración; juntos demostraron el valor y la fuerza para superar los obstáculos y las condiciones adversas. Con ellos hemos contraído una deuda moral, por el ejemplo que ha dado su proceder; nunca como ahora es aplicable la frase: “Nuestra conducta es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón”, atribuida a Charles T. Rees Wilson.[1]


No sólo se ha modificado el ambiente en las escuelas; en todas las poblaciones se recuperan las tradiciones, los atrios de las iglesias son otra vez espacios en donde se escuchan las risas de los niños, las recomendaciones de quienes los preparan para su Primera Comunión, las plegarias de los feligreses, que acuden a los oficios, las alegres voces de quienes llegan para prepararse para el matrimonio o los que se presentan para solicitar misas de Acción de Gracias por un favor recibido.


Volver a encontrar a los que dejamos de ver por mucho tiempo es el mejor aliciente para seguir; para reafirmar nuestra vocación como laicos comprometidos, como madres o como maestros, lo que nos da la certeza de haber elegido bien. Verificar que para nadie ha sido sencillo atravesar por esta etapa dolorosa despierta una sensación de empatía capaz de enlazar nuestros esfuerzos para enfrentar el futuro con más fe y con la esperanza puesta en el inmenso amor que nuestro Jesús, Verbo Encarnado, deposita en cada uno de nosotros.


Para reflexionar:


¿Cuál sería tu mensaje para las madres y los maestros?

¿Qué eres capaz de enseñar al prójimo a través de tus acciones?

[1] Físico escocés, Premio Nobel en 1929.

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